sábado 16 de agosto de 2008

Murallas de libertad contra guerras de envidia y poder.

Anhelé mí inexistencia más allá de las murallas entre las que tan grande fui siempre, y ahora que he vuelto a ser nadie, aún sabiendo que nunca fui lo contrario, celebro desde mi cárcel la más absoluta de las libertades, la libertad de ser. Pasando el tiempo olvidé la victoria, la pena se transformó en canción y la rabia hizo el resto.
Mientras las voces y altavoces me llamaban, los que se creen dueños del mundo amenazaban y otros empezaban a entenderme, quizás a quererme… decidí quererme yo y huir, obligado a dar algunas que otras explicaciones por mi ausencia en tantos y tantos lugares que quisieron escucharme a mí con respeto y admiración.
Los pocos que me acompañaron en mi huida saben del interés que tantos pusieron en mí, oportunidades que quizás otros anhelan… oportunidades que deseché sin excepción porque, quizás, aún era demasiado influenciable.
Aprendí a querer ser cada vez más autentico y menos perfecto, empecé entonces a entender el mundo desde otra perspectiva, entendí que siempre habrán pobres diablos que desde la envidia, la incomprensión y la amargura proyectarán en uno su propia bausra porque es más fácil vivir de los demás, tanto si se decide perseguirlos como si desde la mediocridad prefieres burlarte de ellos.
Ahora sé que entre estas murallas siempre soy grande… desde estas murallas lanzo al mundo algunas verdades que descubrí, algunas emociones que sentí… sólo para aquellos dispuestos realmente a entenderlas… a disfrutarlas… también carne de cañón y ocupación para aquellos dispuestos a masacrarlas, pero en su puta mierda ya no puedo entrar yo, aunque siempre es grato que se ocupen de ti.
Hoy guardo para mí la pena, o probablemente el orgullo, de haber sido censurado y la tranquilidad de haber aprendido a reírme de todo y de todos, inclusive de mí.